Tobías no volvió a hablar
No puede dormir por las noches. Apenas reemplaza el sueño con alternadas siestas impregnadas de olor a pescado y a transpiración humana ( algo igual o terriblemente igual ).
-Tobías no duerme-dice su madre, preocupada por el fantasma de la locura.
-Tobías habla solo mientras camina de la casa al muelle y del muelle a la casa.
No trabaja, no será nadie, no tendrá nada…-rezonga el padre, pescador de redes viejas y heredadas.
¡qué importa lo que dice de noche!, si no duerme , no despierta.
Esta tierra, este mar no se hizo para vagos en peregrinación.
Pero el océano escuchó las críticas y rencores del hombre y, de la calma, misteriosamente, pasó a rugir como un león.
Los demás se sobresaltaron y sin la menor intención de relacionar una cosa con la otra, (desconocían decires y disputas ), simplemente, decidieron que era mala señal, que ese día no se zarpaba.
La noche se presentó cálida, húmeda y, Tobías no fue el único insomne de la playa.
Mientras andaba y desandaba el sendero murmuraba, murmuraba , lamentándose.
Lloraba después como despierto y triste, como decepcionado, parecía…
Él. Él y sus íntimas batallas. Él.
La gente se acercó a escuchar, no pudo contener la curiosidad por saber qué balbuceaba el loquito, el hijo del pescador calvo, el que nunca duerme. Y lo rodearon…y lo ahogaron hasta la asfixia y lo llenaron de ensordecedores murmullos nada más que por saciarse del chisme nuevo o, por hacer algo en una larga y pegajosa noche.
Fueron tantas las versiones de lo oído, que nadie pudo enterarse de la verdad…
…que rezaba al dios de las aguas, que hablaba con los cangrejos, que clamaba piedad al cielo, que gritaba y convulsionaba. Nada coincidió.
La tormenta hizo rugir al mar y trajo aire fresco. La noche del día-después, insistió en cóleras de luz, y encontró a los hombres del pueblo durmiendo como osos.
Sólo Tobías caminó hasta la orilla entre rayos y, para no molestar el silencio de los otros: cerró su boca.
Había logrado comunicarse con el león y desde ese momento, calló para siempre.
A la madrugada, al poder zarpar las barcas y retomar la rutina del trabajo, a nadie le importó qué cosa pasaba con el muchacho.
Tobías espera el próximo llamado sin ser advertido. El viejo pescador de redes sabias no lo ve o ha claudicado, como su mujer, resignada a la locura como designio divino.
Algo más acordó Tobías con el gran felino y ése, fue el secreto que perduró hasta esa madrugada en que se inundó casi todo el pueblo.
Marta Mazzilli
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