Frida y las lluvias del sur
Fueron sesenta y ocho días de lluvias torrenciales.
Las inundaciones y la miseria arrasaron con el último país del sur.
Eran las mujeres quienes sostenían el espíritu vivo del fuego.
Durante las noches, en las ciudades, llegaba el gas por redes... débil... apenas para secar la ropa y entibiar la carne.
Cuando los habitantes de la casa se dirigían a sus cuartos, Frida Hesller comenzaba a extender el laberinto de pantalones, camisas, toallas... y a dibujar la telaraña con medias de sus tres hijos, en el viejo comedor.
Ellos se consideraban afortunados de ser tres hombres jóvenes con necesidad de vestirse para el trabajo.
Frida, también había conservado el suyo, aunque desconocía los tiempos de la incertidumbre segura.
Llegó junio. También un amanecer más de la recorrida que se había hecho rutina.
Seis y treinta, aún de noche, el agua lastimando las paredes y Frida, silenciosa, descuelga prendas secas, dobla... distribuye sobre la mesa las pertenencias de cada uno y desea tomar el primero de todos los cafés que beberá en la oficina... ésa que todavía, permanece. Pero, las maderas del piso crujen, quizás porque no se enceran desde que se iniciaron las lluvias... Crujen y dos astillas se clavan en su pié. El grito ahogado... el dolor... el reflejo de asir lo visible y extirparlas... y el dolor.
Amanece.
Frida escucha el golpeteo de las piñas chicas que el viento arranca de los cipreses. Se ducha. El agua caliente se desliza hacia el pié. El agua parece hervir cuando llega al pié. No hay herida, no hay sangre... Ha llevado toda su ropa al cuarto de baño y se abriga de acuerdo al oscuro pronóstico de la noche anterior. El pronóstico escuchado cuando encendió el televisor y jugó a ensamblar guirnaldas en los respaldares de las sillas con la ropa húmeda.
El reloj de sonería da siete señales y detrás de la puerta se percibe el movimiento de la casa... alguna palabra entre dientes, el bullir de la cafetera... Son los muchachos que buscan sus medias y camisas.
Frida siente, de repente, esa angustia que le oprime el alma. Otra vez... pero llega a la oficina y se disipa, se disuelve como el azúcar en el café que, ahora, le acerca Francisco, el hijo mayor.
Y las astillas, y la angustia, y "los amo", y "los extrañaría", y "no te sigo", y "te espero" y "está todo bien", y "ya son grandes", y "te amo", y "convencélos".
Frida también lo ama... y los ama a ellos... y ellos aman a otras mujeres... y no se irán.
Se hace tarde. Ascienden al auto y se conducen a cada lugar de trabajo transitando tácticamente para minimizar gastos. Nadie habla, pero observan disimuladamente el medidor de nafta.
No habrá combustible en los próximos días y... los amigos emigraron, ya no tienen vecinos... se han unido las familias en otras casas, en menos casas.
Carteles de venta ofrecidos a nadie rodean la vieja quinta de los Hesller.
Circulan lentamente. El agua lo ha cubierto todo, las hojas de plátano tapan los desagües que no se limpiarán... Ayer renunció el Poder Ejecutivo en pleno.
Esta mañana de junio es incendio que no apagará la lluvia.
A Frida le dolió el pié izquierdo pero quiso olvidarlo aunque, al promediar el día, no podía ignorar el episodio. El pié latía, sobredimensionado.
Tomó el teléfono y llamó a Francisco. En el Ministerio, dada la situación política, no había nada que hacer, su jefe le permitió salir y, madre e hijo acudieron al consultorio del Doctor Morales.
El viejo médico de la familia, escuchó, revisó, escarbó y ordenó dos o tres estudios para corroborar la presencia del supuesto cuerpo extraño que infectara el pié de Frida. Recetó, comentó, recordaron, se entristeció y lloró.
Los resultados se hallaron rápidamente en las manos de la mujer.
Pocos se atendían ya, en clínicas privadas. Los desocupados desbordaban las guardias desabastecidas de los hospitales públicos.
La señora de Hesller no portaba ningún cuerpo extraño, su pié mostraba una leve mejoría y el Doctor Morales le indicó baños tibios y "secretos de abuela", como solía decir cuando se refería a las consabidas curaciones que pasan de boca en boca y de generación a generación.
Las lluvias no cesaron.
Algunas mañanas frías, se detenían en otra dimensión para arremeter con furia por las noches y, luego, caer lentamente durante semanas.
De los jardines emergían frágiles varas similares a los juncos y el moho se adueñó de los objetos de cuero y de las telas gruesas.
El dolor de Frida se agudizaba, las infecciones se sucedían y, contradiciendo el diagnóstico del viejo médico... cada noche, después de extender la maraña de ropa en el comedor, lograba desprender de su pié un trozo de madera con forma de espina.
Ilusionada y rendida, se acostaba convencida de que sería el último clavo en su cuerpo ... que al otro día saldría el sol y se secaría la ropa agitada por el viento...y que su pié izquierdo volvería a calzar en el zapato azul de raso... el regalo que él le dio antes de embarcar.
A las puertas de julio... las llamadas telefónicas se espaciaron, Francisco fue despedido del Ministerio, que se cerró definitivamente anulando esa "cartera" del Ejecutivo Nacional, ahora, a cargo de un voluntarioso miembro del Poder Judicial.
Francisco les dijo..."que lo esperaba su padre en Málaga... y su novia lo seguiría". Los hermanos se mostraron algo más que complacientes... Frida percibió complicidad en la decisión. Diez días y, ¡ya!.
Se encerró en el cuarto de baño y habló sola por horas convenciéndose de lo pequeño del mundo a partir de la evolución de las comunicaciones, de los vuelos que aún llegaban al país...
Pero llueve, y hay que tender la ropa en el comedor, y encender la estufa... son las doce de la noche y ya debe circular con mayor vigor, el gas, por las tuberías.
El pié que se calzaría al día siguiente con los zapatos azules comenzó a palpitar reiteradamente. Lo introdujo en agua tibia... y seis, siete, diez astillas más. Ya no sabía cuántas había sacado hasta ese mes de julio... el proceso de curación evolucionaba bien, quería ponerse los zapatos de raso aunque lloviera... pero, no, otra vez la opresión, y el color morado o azul en la piel, como los zapatos.
La conversación telefónica fue amable, Francisco se instalaba en Málaga con la mujer que no dudó jamás.
Él está felíz. Sí. Llegó a Europa su hijo grande. El futuro vive en Málaga.
El último país del sur se debate entre fuertes y débiles de espíritu.
Frida ¿es de los unos o de los otros?.
La última tarde de julio dejó de llover y la gente salió a pedirle al sol que se quede para siempre. Frida se colocó las gigantescas botas de goma de Francisco y, atravesando el jardín, tendió la ropa en el lugar destinado, en el tendedero del parque...para que vuele...para que se arome a pinos...para que se aclare. Vio su comedor compuesto y, aunque seguía siendo invierno, abrió las ventanas durante toda la noche. No encendió el fuego. Sólo deseaba aire y reconocer la tierra. Recuperar la tierra.
Permanecía con las botas puestas, no lo había advertido... se las quitó y, aterrada, descubrió su pié cubierto de pequeños brotes.
El Doctor Morales habló de "fenómeno", de proceso paranormal... de extraña evolución, de "esto debe investigarse"... prescribió una larga lista de estudios de laboratorio, tomó muestras y preguntó si algo diferente le había sucedido a la familia en esos días. Frida respondió con rara sonrisa ..."que el sol salió... y el viento secaba la ropa y se llevaba los hijos a Málaga... que en ese lugar vive el porvenir y se encuentran y aman los que se amaban y esperaban..."
El Doctor Morales repreguntó sin éxito, Frida continuó con un monólogo cadencioso, a las claras, irracional.
Frente a la situación, le suministró sedantes y recomendó al médico que lo reemplazaría, a esa paciente, por la que abrigaba gran cariño, a quien había visto crecer.
El joven profesional tomó las pertenencias de Frida, las órdenes... buscó sus datos en el fichero y la llevó a la casa en su auto del 80.
La cuidó hasta las ocho de la mañana. Pensó que, a esa hora, el Doctor Morales y su familia estarían subiendo al avión, definitivamente, rumbo a Málaga. Le agradecía a su profesor semejante confianza. Del fichero, apenas quedaban veinte pacientes reales... pero el consultorio... el préstamo de la vivienda... Se lo reconocería siempre, aunque esta mujer, Frida Hesller, representara un desafío lejos de resolver.
El delgado Doctor Vernes extrajo del pie de Frida uno a uno los brotes con partículas de madera.
Una hora después, avisó la ausencia de la señora a su oficina, y la dejó lúcida y en su cama. De no ser por él, nadie lo hubiera hecho:
"el futuro y el presente viven en Malaga"
Se retiró a descansar antes de abrir las puertas de un consultorio potencialmente vacío.
El informe del laboratorio se parecía más a la respuesta ante una muestra botánica que al presunto diagnóstico de múltiples infecciones.
Y llegó agosto de vientos... Y el sol evaporó los charcos... Y el pasto volvió a serlo.
Frida, sola, se sentó en un sillón del jardín a mirar cómo en el tendedero, giraban alegremente una blusa y una falda. Permaneció con los pies descalzos sobre la tierra negra y la hierba débil.
Los brotes devinieron en raíces...
Tuvo la sonrisa ingenua y ya no se levantó.
Marta Mazzilli
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