“ Nana, nana, que la niña no duerme”
Parte I
Luisa jugaba con su muñeca nueva en el patio de la casa de los Jeferson.
Entonaba la última canción, aprendida a medias, en el Jardín de infantes, monotónica y repetida : “que duerma la niña, nana, nana, que la niña no duerme, nana, nana, que la luna se asoma, nana, nana y la niña llora en su cuna blanca”.
Era el momento en que la tarde anuncia su deceso y el aire se vuelve húmedo y frío. La hora en que los pequeños entran a los sitios protegidos, a merendar, a mirar dibujos animados en el televisor...a ignorar el otoño, casi invierno, desde el mundo personalizado que los grandes les diseñaron en el cuarto de juegos. Pero Luisa seguía en el patio tarareando su canción y meciendo de manera compulsiva, a la muñeca que reposaba en un cajoncito de madera , desechado envase del dulce de membrillo, que hacía las veces de cuna.
Su voz tomaba mayor volumen a medida que avanzaba la oscuridad y , me sobresaltó el grito, cuando llegó a la frase “y la niña llora en su cuna blanca”. Yo caminaba, justo, por el sendero, iba a colocar los sillones del parque a buen reparo después de haber compartido una maravillosa tarde de junio, inusual por luminosa, con mis dos tías, especialistas en el cultivo de rosas y violetas de los Alpes.
Una de ellas había mencionado la belleza que Luisa emanaba desde sus rulos dorados a través de la ligustrina rala, a la otra, le llamó la atención el temperamento sereno y lúdico hasta el infinito de mi pequeña vecina , acotando sobre lo prodigioso de una imaginación frondosa y la solidez que atesoran los juegos tradicionales.
Las tías se despidieron cuando anocheció, arropadas en sendos sacos de piel...la temperatura había descendido en forma notable y, luego de acompañarlas y recomendarlas al chofer del coche de alquiler, entré a mi casa rápidamente pensando en encender la calefacción ,de la que, hasta ese día no hubo que hacer uso. Sí, sería la primera noche realmente fría. Prepararía la ropa del lunes previendo un amanecer con escarcha ...buscaría la bufanda roja, mi preferida, y las botas altas ...y fue en ese momento cuando recordé que los sillones y la mesa habían quedado a la intemperie . Minutos después me envolví en un chal y recorrí el sendero, pero en ese instante me sobresalté por el grito semicantado y, reconozco haber pensado críticamente respecto de los cuidados que debe recibir una niña como Luisa...pálida...por hábito olvidada en el patio esperando el llamado de la empleada doméstica y ahora...con un vestidito liviano , ennegrecido por...¡descuidada!, sola. La observé sin que ella lo registrara... luego quise llamar su atención diciéndole que oscurecía, que se abrigara...pero no respondió, apenas volteó la cabeza para clavar en mi sus ojos transparentes sin fijar realmente la mirada. Desistí para volver al interior de la vivienda. Me conformé razonando que pronto la requerirían, que la dinámica de la familia funcionaba de esa manera. Se los notaba felices y exitosos, bonitos, recoletos... así.
Ni bien entré, sonó el teléfono: era él...su comunicación anticipadora del regreso me instaló en otra dimensión plena de gozo. La boda se adelantaría, y al colgar el auricular, no sólo me olvidé por completo del descuido por la nena de al lado sino que resultó más roja la bufanda y parecieron más suaves las botas que calzaría la mañana siguiente.
ParteII
Los frenos del auto policial y la sirena intermitente se comportaron como un reloj despertador prematuro, desagradable y desconcertante.
Aún era de noche.
Mi habitación , en la planta alta tiene una lucarna que apenas permite la entrada de la luz y asomar, ajustadamente medio cuerpo. Me levanté , tomé la bata y abrí los pequeños postigos. Un grupo de uniformados intentaba ingresar a la casa de al lado, otro móvil estacionó y bajaron tres hombres con armas a la vista. Inquieta, llamé por teléfono a la seccional más cercana para averiguar el motivo de tal despliegue. Obtuve como respuesta algo así como que era una acción preventiva, de rutina, nada para alarmarse, y se negaron a dar mayor información.
Faltaban cuatro horas para iniciar verdaderamente el lunes laboral, pero tal acontecimiento me despabiló, por lo que decidí tomar un vaso de leche tibia.
Bajé las escaleras y tuve un estremecimiento, algo así como ese sacudón involuntario que el cuerpo realiza para defenderse del frío, o del miedo, o del espanto. Siempre dejo una lámpara encendida al pie del último descanso y allí estaba, alumbrando parcialmente mi andar hacia la cocina. El sector de la sala, por hábito, en penumbras, devolvió un movimiento vacilante, continuo y me detuve. Supuse no haber cerrado correctamente la ventana por lo que las cortinas podrían mecerse. Avancé, descalza sobre la alfombra aún suave y tolerable, y escuché el murmullo. Retrocedí aterrada...dudé en subir nuevamente a mi cuarto, sería una trampa. En esa porción ínfima del tiempo en la que se supone con actitud irreflexiva, me convencí de la primera opción ya que la segunda resultaba improbable:el gato quedó en el interior de la casa, ayer, al guardar los sillones y no lo advertí. Caminé hasta la cocina y, al abrir el refrigerador, escuché la tonada conocida la tarde anterior ”nana, nana, que la niña no duerme...”, pensé que la forma en que desperté había alterado ese estado de somnolencia que precede a una vigilia verdadera y consciente, que resonaba aún en mis oídos el perseverante eco de Luisa....esa melodía que se convirtió en fondo penetrante durante la visita de mis tías, durante el té servido bajo el sol tímido, durante la revisión puntillosa de los pimpollos... por lo que encendí la cocina para calentar la leche sin darle trascendencia. Nuevamente se oyó ” y la niña llora en su cuna blanca”...espié la semipenumbra de la sala y percibí que las cortinas se movían cadenciosas, en efecto , había cerrado mal la ventana y la brisa de la madrugada producía esa extraña danza...las afirmaría luego de subir al cuarto con el vaso de leche y tomar coraje , para corroborar desde la lucarna, que allí, cerca, quién sabe donde, alguien pudo dejar encendido un aparato de radio, o un televisor.
Mientras preparaba una bandeja, el gato rasguñó la puerta de la cocina, era su forma de pedir que lo dejara entrar. Abrí, lo hice y cerré con doble vuelta de llave. Tomé nuevamente la bandeja y con la mano desocupada bajé la perilla de la luz, para desandar el recorrido rumbo a escasas dos horas de sueño.
La cortina se agitó y cuando ya había olvidado la seguidilla de rumores imaginarios, algo o alguien susurró a tres metros de mí “nana, nana, y la niña llora”. Lo que cargaba cayó al piso y, como único elemento de defensa me aferré a la lámpara que, al sujetarla bruscamente, se desenchufó convirtiendo el ambiente en absoluta oscuridad. Di algunos pasos hacia las cortinas que no se detenían, corrí el sillón que impedía ver el ángulo y...sí, no había cerrado las hojas de la ventana, es más, tampoco¿tampoco? había bajado la persiana por lo que una ráfaga de viento me levantó la bata y parte del camisón.
Parte III
Sentí que ya no dormiría, que tenía los nervios destrozados, que me encontraba alterada sin justificación...debería ser la mujer más feliz después de haber recibido esa noticia, la del regreso, la de la boda, pero no. Me agaché casi por instinto porque una luz roja y giratoria volvió a incendiar el frente de mi casa y, advertí mayor movimiento en la vereda de los Jeferson...ahora dos hombres tendían cintas que cercaban el predio y avanzaba una ambulancia. De ella descendieron dos personas vestidas de color claro y no tardaron en cargar una camilla que, en apariencia, portaba un cuerpo envuelto en polietileno negro.Los hombres se habían colocado máscaras . Un horrible ruido metálico depositó el objeto en la parte trasera del vehículo, luego otro traslado, y otro, y un cuarto empaque. Partieron custodiados por dos coches policiales. Evidentemente, mientras entibiaba la leche y me cuestionaba por el gato o por la canción que creí escuchar, el vecindario en pleno, enfundado en sacos y tapados tomados al azar, rodeó el lugar para enterarse de la tragedia...porque no podía ser otra cosa que una tragedia semejante desfile de cuerpos inertes...¿qué pudo haber ocurrido en lo de Jeferson?...si pasamos la tarde viendo jugar a Luisa...en absoluta calma...Seguro, un robo a mano armada, o un intento de secuestro, o...¿y dónde estaba Luisa? ¿quién se la habría llevado?....¿los muertos serían ladrones o los familiares de la niña rubia?....
Pensé en ganar la calle pero comenzaba a invadir la prensa y, al no quedar víctimas corrían despavoridos hasta ...la morgue judicial, supongo...otros disparaban flashes que, en la confusión estallaron en mi rostro.
Aseguré rápidamente las hojas de la ventana, bajé la persiana y me dispuse a secar el piso , a recoger el vaso y la bandeja, a tientas, coloqué la lámpara en la mesita ...al pié de la escalera y desistí de cualquier otra acción, me restaba, en el mejor de los casos, una hora de sueño.
Con los pies helados, comencé, a subir la escalera ...mañana, no, en un rato, me enteraría de lo sucedido. En el tercer peldaño decidí encender el televisor para saciar mi curiosidad, a esa altura de los acontecimientos ya no valía la pena acostarse, era seguro que en el canal de noticias de veinticuatro horas aparecería el drama de la familia Jeferson o de los maleantes baleados en su finca o algo, ya que cuando miré por la ventana de la sala estaba la camioneta con el logotipo de ese canal. Sí...la casa cerrada , el gato adentro, ronroneante, en la cocina, la policía rodeándolo todo....
Prendí la luz de la sala, luego oprimí el control remoto del televisor y me dejé caer en el sillón buscando simultáneamente con mis dedos la señal que transmitiría el hecho. Tomé un cigarrillo, controlé la hora y apareció, en la pantalla, mi casa, la de los Jeferson, y una voz en off que confirmaba el terrible crimen que, para mi sorpresa no había acaecido esa noche, ni la anterior, ni el viernes. Los cadáveres llevaban siete días en la casa y por algunas referencias puntuales pertenecían al matrimonio constituido por Sara y Malcon Jeferson...a su hijo mayor, Charly, de quince años y, a la empleada doméstica, un mujer de unos treinta y cinco años, llamada Ana María Vargas, tucumana, sin familiares en Buenos Aires. Al parecer, murieron por asfixia, un descuido o...una falla de los artefactos alimentados por gas, o...el real intento de asesinato masivo desde un desquiciado , porque las perillas de la cocina, del calefón, de las estufas sin salida al exterior, se hallaban abiertas en la inscripción : MÁXIMO, sin utensilios sobre las hornallas o fuentes en el horno, o prendas que supusieran un próximo baño. El locutor mencionaba la preocupación policial y las investigaciones que se empezaban a activar para lograr el paradero de la hija menor de la pareja...una niña rubia, de cinco años llamada Luisa que, milagrosamente se habría salvado ya que no encontraron su cuerpo y lo más raro aún, tampoco su cama daba señales de que alguien, la noches del viernes o sábado, hubiera dormido en ella. Agregaron luego, que el aviso de alarma cundió entre los directivos de la empresa en la que trabajaban ambos cónyuges. Se los notó especialmente felices ese día, testimoniaron algunas compañeras de Sara, ya que, juntos, anunciaron que esperaban su tercer hijo para el mes de enero.
Azorada, con la angustia a flor de piel, apagué el televisor y corrí por las escaleras para buscar la ropa , ducharme e ir a la oficina. Amanecía y la claridad comenzaba a filtrarse por las ranuras de la persiana de la sala.
Entré a la habitación y nuevamente me asaltó la melodía infantil, ésa que ahora taladraba mi pecho como un son lejano...de otros tiempos. Noté que mi ventanuco estaba abierto y ni siquiera me detuve a recordar si lo había cerrado o no...la noche había resultado eterna. Pero, la pared que sostenía la lucarna se hallaba marcada con huellas barrosas...pequeñas, frescas.
Y, sobre mis sábanas, yacía, en su improvisada cuna, la muñeca siempre despierta de Luisa Jeferson.
Parte IV
Ya no había duda. Con el corazón latiendo irregular, me paralicé al borde de la cama desarreglada. La muñeca , con el rictus exagerado y feliz, indicaba que los sonidos sospechosos no fueron producto de mi imaginación. Nunca estuve sola.
Por pánico, por dolor, Luisa habitó, escondiéndose del drama, mi espacio....el ángulo de la sala que linda con la ventana...el dormitorio...
Me invadió una sensación de inmenso estupor teñido de piedad.
Estridente, el despertador anunció su programada tarea y viéndome en el espejo del baño, comprendí que no llegaría a tiempo a la oficina. Necesitaría una ducha relajante para serenar mi espíritu...para volver en mí.
Dejé la ropa en el perchero y tomé el teléfono celular...el ordenanza ya estaba en funciones y se encargaría de avisarle al jefe que, en no más de dos horas empezaría mi lunes...antes , no....por favor...antes, no.
El aire helado ingresó por la ventanita que aún permanecía abierta. La cerré y observé casi imanada, la muñeca en su cuna rústica. No tocaría nada, me vestiría, bebería un café y comunicaría a la policía el hallazgo; seguramente, la niña aún se encontraba a la deriva.
El agua tibia ablandó los músculos y una ligera somnolencia se apoderó de mí.
Parte V
La tarde del domingo se presentó soleada como la de la semana anterior.
-Tu vecina tiene unas flores preciosas, Marga....¡qué rosas !...¿quién las cuida?.
-Ella. Cada tanto vienen sus tías, viejas socias del Club Garden y la asesoran...sí, son unas rosas bellísimas y se asoman a mi jardín... ¡me encanta!. Las poda, las cura...lástima que cuando se case, en unos meses, vende la propiedad.
¡Otra vez suena el teléfono de su casa ¿lo escuchas ?...toda la semana sucedió lo mismo, llaman varias veces al día y no lo contesta nadie...debe haber viajado...
-oye...sshhhh-y la amiga de Marga , con el dedo en su boca indicó silencio-¿oyes?.Escucha, desde el cerco...mira, es esa nena ¡ qué bonita!.... qué dulce... jugando como lo hacíamos en nuestra infancia....escucha cómo arrulla a su muñeca....
Hablaba sola. Marga no le prestó atención a su amiga...sintió frío y entró en la casa para buscar abrigos para las dos.
Desde el Jardín invernal, pleno de violetas de los Alpes y rosas, partía un susurro algo agudo y entrecortado... “nana, nana, y la niña llora en su cuna blanca”.
Marta Mazzilli |