Y esto surgió después de abrir mi heladera:
Visita
Reposaban las moras en el azúcar la noche en que llegaste.
No podía decirte que te quedaras a dormir, tu cara pálida y esas ojeras de haberla pasado mal , me lo reclamaban. Quise evitar que atravesaras el comedor….pero llovía y necesitaste pasar al baño para secar tu pelo enloquecido.
Era noviembre y recuerdo haberte ofrecido un café con un pequeño trozo de tarta de jamón y queso. Y no dijiste que no…ni al principio…ni por cumplir con la cortesía acostumbrada.
Tenías hambre, y lluvia y viento y una tristeza de siglos acumulada en tres años de ausencia.
Me puse muy nerviosa. Cuando volviste del baño cerré la puerta que separaba el comedor del resto de la casa. No iba a permitir que recorrieras los pasillos.
En eso de llenar silencios te conté que a la mañana empezaría a cocinar el dulce de moras que tanto te gusta y que el árbol dio más que el año pasado. Te pregunté si ya regresabas para siempre o para un tiempo largo y mientras lo balbuceaba me escuchaba la voz temblorosa. Vos escuchabas mi voz temblorosa también. No hubo respuesta.
Tres años son tanto sin mails, sin llamadas, sin palabras.
A los tres o cuatro meses comencé a perdonarte y ella, se resignó.
Llegó el primer invierno, y de pronto quise contarte los blancos y los negros que viví en esos días…pero bebías el café y masticabas la porción mirando el piso, como pensando, como vencido.
Por eso es que el vacío se apoderó del comedor y tus ojos, antes dulces, me dirigieron a la heladera otra vez….a encontrar algo para saciarte y tomé la única manzana y te paraste, la guardaste en el bolsillo del piloto que apoyaste en el hombro.
Mientras abría la puerta de calle comprobé que ya no llovía, que el calor seguía siendo agobiante y que lo entendiste todo.
No pude decirte que te quedaras, papi… mamá se casó ayer.
Marta Mazzilli ( el viejo taller )
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