Era la década del 70…yo tenía diecisiete años y cursaba el primer cuatrimestre del primer año en la Facultad de Humanidades en la Universidad de La Plata.
Por estas cosas de las madres , adelantada un año y medio en la escolaridad, me había recibido de Maestra Normal Nacional a los dieciséis…una niña.
Estudié en Euskal- Echea, toda la vida consciente, entre Siervas de María y, Franciscanos a lo lejos. Sirve este preámbulo para lo que sucede: fuera de las misiones patagónicas de la Hermana Cristina, de las colectas y de las misas y procesiones: el exterior no existía. Nada de política ( en casa no se hablaba de eso delante de los chicos), nada de pobrezas ( sí, los pobres habitaban las escuelas rurales en las que mamá trabajaba). En un frasco…Marta salió del frasco en 1970 ¡¡y en La Plata!!!...más que salir de un frasco fue como agitar una gaseosa y retirarle la tapa así, de repente.
Y entonces…tuve que consultar Historia de la historiografía Moderna en la Biblioteca del Congreso. Hasta acá, la situación.
En el año 87 recordé la anécdota y, en el Taller Literario de Graciela Perriconi, profesora, editora, escritora….redacté esto:
Me sentía transpirada y urgida por el horario. Decidí allanar los espacios de mi propio tiempo.
Subí las escaleras, presurosa. La enorme puerta, antipática por lo adusta y por lo fuerte, se me negó de entrada. Miré a mi alrededor y noté que dos soldados se reían. Me observé la ropa, los pies, quise pensar que se estarían contando un chiste.
Volví a golpear e insistí en el lustrado postigo. Ya no eran sólo los soldados, un grupo de transeúntes me señalaba. Revisé nuevamente mi cuerpo y, sin notar nada extraño, desistí decidiendo preguntar.
Así fue que me reconocí queriendo entrar a la Biblioteca del Congreso por la puerta del recinto principal habitando el gobierno del Gral. Onganía.
Abriendo el Congreso
A la quin carabín
quin carabera,
que no parece nuestra!
que es extranjera!.
Oh cabello dorado
como el otoño,
nunca abrirás la puerta
si no es con votos.
(Eso decía el soldado
mayo en los ojos).
A la quin carabín
quin carabera,
tozuda la pequeña,
necia viajera.
¡Oh manos presurosas,
bolso pesado!
El congreso hace mucho
que está cerrado!.
(Comentan dos grupitos
de caminantes,
que se han quedado quietos
por señalarle):
A la quin carabín
quin carabera.
desorientada joven,
poco agorera.
¡Ay! gotitas de nervios
sobre la frente
pregunta donde el pueblo
busca sus fuentes.
(Observa una paloma,
vieja vecina:
-¡Si habré visto cabezas
errar de esquina!.
A la quin carabín
quin carabera…
Que en los ochenta alguno
abrirá la puerta.
Marta Mazzilli
( menos mal que en las grandes urbes cuando una gira en la esquina de cualquier calle es algo así como que el papelón ya pasó…sí…ya pasó)
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