Cata
El edificio se alza señorial y blanco en el centro del jardín. Del primer piso cuelgan geranios lastimados de invierno, hoy vivos. La puerta triple de rejas verdes, la puerta doble de hierro vitraux…y Cata. Cata camina…siempre camina. Camina y mueve la cabeza diciendo algo que no quiere que sea secreto. Pero…de tanto repetir enigmas públicos se hizo costumbre verla y oírla. Por lo tanto, el secreto perdura intacto.
Duda, con paso estable, brazos cruzados y la cara inclinada hacia un costado, tendiendo a rozar su mentón con el pecho. Los ojos, dirigidos a cuanta persona ingresa por las dos puertas porque, recordemos que Cata quiere que sepan de sus murmurantes susurros.
Recibe visitas, sí. Dos sobrinas jóvenes y gordas que, reaccionando a tiempo, se separaron de Cata la mañana en que se descubrieron una a la otra magullando frases, caminando sin rumbo y observando, inclementes, a su alrededor. Alguien alertó. Era peligroso. Y Cata quedó un domigo de fin de siglo en la casaquinta, en un cuarto al lado de los geranios.
La más joven y la más gorda se sienta a su mesa y Cata dice que la sopa no tiene sal. “Tía, nunca tiene sal”….-Pero hoy, más.
Se cruzan fingidas sonrisas entre la visita y la mucama. Cata advierte-¿de qué se ríen?-de nada, tía, de tus protestas.
Es cierto:¿de qué se ríen los que por compasión se ríen en la casa de los geranios?:
Se sobrevive con simpatía inútil, para que la atiendan mejor a Cata y, cada tanto, una vez por semana, se detengan y oigan sus enfermizos y endémicos ”no”.
Cata cumplirá ochenta años en octubre y eso, nada tiene que ver con el murmullo acre que no cesa.
-Cuando aún contenía las palabras en algún lugar de sus interior, a los treinta, se quedó sola. Su hombre suspiró aliviado ante la última hebilla cerrada de la valija “Primicia”, que fue lo único que se llevó.
Parece que no hubo hijos…apenas estuvo casada dieciocho meses.
Desinhibió los labios y brotaron casi libres los rezongos y los “no”.
Pasó temporadas ayunando, otras insomne, algunas, sucia y aquellas, terribles, encerrada.
Es que , al liberar negativas, las dirigió a los artefactos de la cocina , a las sábanas, a las canillas, y por último a la gente que cambiaba, según ella, de lugar…constantemente.
Allí acudieron las sobrinas con la solidaridad a flor de piel, creyendo que la salvarían de la muerte. Aguardaron doce horas en el umbral de la vereda ante la imposibilidad de ingresar a la casa. El “no” fue más firme que nunca, se había instalado en Cata.
Llamaron al médico, al psiquiatra que atendía las culpas de las más chicas y rompieron la puerta, la rescataron. ¿La rescataron?..
…y comenzaron a hundirse. Sí. A hundirse.
Un día, cuando el mundo se preparaba para recibir al siglo nuevo se espejaron y, sin romper su propia puerta, la dejaron en la casa alta de las puertas dobles. Y allí…tantos deambulaban en el “no” que decidió vomitar todas las palabras en partes iguales. Día a día.
Lo que nadie sabe es que Cata pactó otro “no”, ése que dice a regañadientes y nadie entiende. Ése que se hizo carne con el desmoronamiento de la puerta de su casa. Jamás corrió peligro…porque nunca se irá. Ése fue el último encono profundo. Lo convino, con Alguien, para mirar a los ojos a dos mujeres jóvenes que se transformarán, conscientemente, en señoras gruesas y culposas…balbuceadoras de palabras sin sentido.
Marta Mazilli |